Una confesión es un acto de fe hacia uno mismo.

 



 

Una confesión es un acto de fe hacia uno mismo.

Lo confesable es algo que está ahí dentro y desea salir. Duele al ser recordado, quema las entrañas y lleva tiempo en espera, dando vueltas en nuestra cabeza, madurando dentro de nosotros.

Una confesión no tiene por qué hacerse ante un cura, un ministro de Dios o de cualquier religión. Puede hacerse a un amigo, a un hermano, a un marido… o a cualquier persona digna de recibir esa información.

La confesión es libertad para quien la pronuncia, y nace con la esperanza de no ser censurada por quien la escucha.
Una vez dicha, no tiene vuelta atrás: no puede ser ignorada y conlleva sus propias consecuencias. Puede separar, herir, cambiar muchos pensamientos en quien la oye. Puede abrir brechas… o cerrar heridas. Puede abrir puertas… o cerrarlas. Las posibilidades son infinitas.

Una confesión no se le entrega a cualquiera. Hay que estar muy seguro de a quién se le confía.
Por eso, si no estás seguro… espera el momento.

Porque hay palabras que una vez pronunciadas, no regresan; se quedan flotando entre dos almas, transformando para siempre el silencio que las rodea.

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