Aprender a respirar bajo el agua: Mi viaje con «Lo que me queda por vivir»
Tengo
que ser completamente sincera: cuando abrí Lo que me queda por vivir de Elvira
Lindo, los primeros capítulos me costaron muchísimo. Estaba desubicada,
buscando desesperadamente un hilo argumental clásico del que tirar, pero la
historia parecía negarse a avanzar en línea recta.
Y
es que no es un libro que te atrapa por la acción de ¿Qué va a pasar
ahora?, sino por la pura atmósfera. Elvira Lindo imita con maestría el
mecanismo real de la memoria humana. Antonia, nuestra narradora, no nos cuenta
su vida paso a paso; salta de un recuerdo a otro, se frena, se interrumpe,
reflexiona desde el futuro y vuelve a hundirse en el pasado.
Esa bruma
emocional y esa falta de un hilo conductor tradicional hacen que las primeras
páginas pesen. La bruma mental de Antonia se te contagia como lector, y sientes
ese mismo agobio claustrofóbico de su piso, el clima gris del Madrid de los 80
—muy lejos del mito alegre de la Movida— y la rutina pesada de los días. Sin
embargo, en cuanto logras entrar en su frecuencia de onda y le coges el tono,
la lectura se vuelve una experiencia sumamente íntima y sanadora.
Lo
que más me estremeció de la historia es cómo se retrata la maternidad en
solitario. Antonia se enfrenta a la crianza de su hijo Gabi sola en una ciudad
que por momentos resulta fría y hostil. Al principio, da la sensación de que
esa tremenda responsabilidad la va a ahogar por completo, pero con el paso de
las páginas te das cuenta de que es precisamente la existencia de Gabi lo único
que la mantiene a flote. Él es su ancla a la realidad cuando todo lo demás se
desmorona.
A
lo largo del libro hay una sombra constante que lo atraviesa todo: la culpa.
Ese peso asfixiante por no ser la "madre perfecta", por sentir el
dolor del desamor o por necesitar una vida propia más allá del cuidado. Si hoy
en día la presión sobre las madres sigue siendo enorme, las expectativas
sociales sobre las mujeres en el Madrid de la Transición hacían que esa carga
fuera casi insoportable. Una mujer joven, separada y sola en esa época llevaba
una etiqueta invisible que dolía a cada paso.
Lo
que termina de encajar todo el rompecabezas es la perspectiva del tiempo.
Conforme nos acercamos al desenlace, entendemos del todo que quien nos ha
estado hablando es una Antonia adulta y madura, que mira hacia atrás con
compasión hacia esa joven de 26 años que estuvo tan asustada, rota y perdida.
Esa
distancia le permite perdonarse a sí misma. Logra soltar el remordimiento por
sus errores de juventud, por sus momentos de debilidad y por la culpa insidiosa
de no haber sido modélica. Se da cuenta de que hizo lo mejor que pudo con el
inmenso dolor que llevaba a cuestas tras su separación. Y lo más hermoso es ver
el destino de Gabi: ese miedo visceral a "arruinarle la vida" a su
hijo o a contagiarle su tristeza desaparece al ver que el niño ha crecido sano
y salvo. El vínculo entre ellos se revela como el gran pilar que la salvó.
Al
cerrar la última página, la sensación que me quedó fue de una profunda paz. El
título, Lo que me queda por vivir, que al principio me sonaba casi melancólico,
se revela al final como un canto luminoso a la esperanza. Nos recuerda que,
incluso después de tocar fondo, de atravesar el desamor y el aislamiento más
absoluto, la vida continúa. Antonia no borra sus heridas, pero aprende a vivir
con ellas sin que le impidan caminar, mirando al futuro ya no con miedo, sino
con la certeza de que aún quedan muchas cosas buenas por experimentar.
¿A ustedes también les ha pasado alguna vez que un libro que empieza costándoles trabajo se acaba convirtiendo en una de sus lecturas más queridas? Si leyeron a Elvira Lindo, ¿Qué sensación les dejó ese final?
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