A los 67 años he decidido escribir


«La Filosofía me enseñó que no todo es lo que parece y que, detrás de cada respuesta, puede esconderse otra pregunta.»


Todo empezó hace muchos años, cuando estudiaba Filosofía.

Salía de aquellas clases con la cabeza desbordada: Platón, Aristóteles, Nietzsche, Kant… tantos pensadores poniendo el mundo patas arriba. Pero, sobre todo, había algo que se iba quedando dentro de mí: la necesidad de pensar, de cuestionar, de dudar. La filosofía me enseñó que no todo es lo que parece y que, detrás de cada respuesta, puede esconderse otra pregunta. Quizá aquel fue el primer germen.

Mucho antes ya había escrito pequeños relatos. Eran apenas trozos de historias, escenas e ideas que aparecían y que yo iba guardando. Nunca pensé demasiado en ellos; escribir era algo que hacía porque me gustaba, sin más.

Después llegó mi profesión. Durante más de veinte años he escrito historias de amor. He contado vivencias de otras personas, he escuchado sus recuerdos, sus encuentros, sus pérdidas y sus comienzos. He conocido muchas maneras de amar y muchas vidas diferentes.

Y quizá todo aquello me transformó un poco. Porque mientras escribía historias de amor para otros, dentro de mí seguía creciendo algo más: una semilla oscura, la del misterio, la del terror, la de esas historias que nos hacen mirar dos veces hacia el pasillo cuando estamos solos en casa.

Siempre me han acompañado esos libros. Junto a los de Filosofía estaban los de misterio, los relatos de terror y las historias sobre casas antiguas, secretos, sombras y personajes que se asoman a ese lugar incierto entre lo que sabemos y lo que no podemos explicar.

Durante mucho tiempo ese gusto estuvo ahí, esperando, hasta que un día pensé: ¿Y por qué no ahora? ¿Por qué no escribir mis propias historias?

Tengo 67 años y quizá, precisamente por eso, siento que ahora puedo hacerlo de otra manera. Tengo detrás muchas experiencias, conversaciones, historias escuchadas y, sobre todo, muchas emociones vividas. Ahora puedo tomar todo eso y transformarlo en palabras.

Hace unos años creé también un club en el que nos reuníamos para escribir relatos encadenados: «100 palabras, 1000 historias». Cada texto debía concentrarse en apenas cien palabras para crear un personaje, provocar una emoción, contar algo que acababa de suceder o quizá algo que nunca sucedería. Todavía conservo aquellos microrrelatos:


Hacía más de dos años que no abría esa habitación. Hoy, con paso firme, llego frente a ella, respiro hondo y sujeto la manilla. Está fría y oxidada. Doy un leve empujón y la abro. El olor a humedad sale a recibirme. Me adentro en la penumbra, a tientas y con cuidado de no caerme. Camino hacia la ventana, sin miedo, guiada por la claridad de las rendijas.

De pronto, un crujido me estremece. Miro al fondo de la estancia y distingo una sombra.

Salgo corriendo, aterrada, cierro de golpe la puerta y pienso: mañana un poco más.

De “100 palabras, 1000 historias



Hace poco volví a leerlos y descubrí algo que entonces no había visto: entre aquellas cien palabras siempre aparecía lo mismo. La emoción.

No me interesaba solamente narrar lo que sucedía, sino lo que aquello provocaba: la angustia, el miedo, la pérdida, la esperanza, la muerte, la vida, las sombras… todo aquello que permanece detrás de lo que vemos. Entonces comprendí que quizá mi camino estuvo ahí desde el principio.

No quiero escribir solo para contar historias; quiero escribir para provocar sensaciones.

Quiero que una casa pueda dar miedo antes de que ocurra nada. Que una puerta cerrada despierte preguntas. Que un personaje esconda algo que el lector todavía no conoce. Que una sombra sea solamente una sombra… o quizá no. Quiero hablar de la vida y de la muerte, de lo que recordamos y de lo que preferimos olvidar. De aquello que podemos explicar y, sobre todo, de lo que escapa a la razón.

Así que aquí estoy. A los 67 años, con muchas historias todavía por contar y con la misma curiosidad que tenía cuando salía de aquellas clases con la cabeza llena de preguntas.

Solo que ahora, en lugar de buscar las respuestas en los libros de otros, quiero encontrarlas escribiendo los míos.

Y esta vez, la historia es mía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El arte de dudar: de Poe a Pirrón y el valor del escepticismo en tiempos de símbolos

Una confesión es un acto de fe hacia uno mismo.

Lectura creativa: Espejismo